Centenario

Hoy vengo a hablarte de hechos casuales que suceden a nuestro alrededor y que creo, intentan subir tu alegría en el marco de situaciones que no tienen nada de alegre.

(Escuchando: Black Rebel Motorcycle - Lien on your dreams)

Hospitales. Uno visita hospitales en momentos (salvo maternidades y sanaciones varias) poco auspiciosos. Horas en que la angustia lo inunda todo, la sensación de abatimiento, esa costumbre de caminar contando las cerámicas recién desinfectadas. Y con el cuerpo que se pregunta a cada segundo el porqué salimos de la rutina de esa forma un tanto violenta y por lo general a la madrugada cuando todo parece mas violento. Por lo general tenemos dos cosas encima: dolores, y el anhelo de que todo pase pronto y termine de la mejor manera. En fin, casi todos pasamos por eso. Bueno, pero que no vengo ahora a hablar de dolores y malas yerbas. Vengo a hablar de casualidades.
Estamos en un sexto piso. Allá abajo la vista es alentadora. Al menos de día lo es. Ahora que es de noche solo queda el recuerdo y esa postal viva que uno puede, si se anima, superponerla con lo poco que la iluminación de neón deja ver. Es un parque enorme el Parque Centenario. Es un parque que al fin va tomando una fisonomía que invita a pasear y a sentirse bien paseando. Por fin acabaron las obras y se fueron las maquinas. Por fin el lugar dejó de ser una sombra acechando para los trotadores. Ahora hay lagos, y peces enormes. Hay senderos empedrados, y árboles y arbustos con nombres en los pies. Hay césped, flores y una loable limpieza y serenidad. Pero también hay rejas y candados que nos recuerdan que a pesar de la relajación, aun estamos paseando por la gran ciudad de la furia.
Desde el sexto piso, desde las ventanas redondas uno puede verlo todo. O imaginarlo todo. O mas todavía. Pero primero hablemos de las ventanas. Alguno vió esas ventanas? Alguno vio su mecanismo de apertura? Las ventanas de todas habitaciones son redondas, de un metro diámetro. Y tiene una visera circular de fibra de vidrio del lado de afuera que oficia de parasol. Medio circulo es fijo y la otra mitad rebatible. Su mecanismo de apertura también es circular. Es un disco que gira accionado por una palanca similar al timón de un barco dejando ingresar los ruidos de la calle y el aire fresco de la noche.
Vayan mis felicitaciones para los arquitectos que idearon esta fachada de circulares ventanas seguramente inspirados en los mecanismos de los navíos. Porque este precisa y casualmente es el hospital naval.
Ahora sí, llegando y partiendo de ellas, vayamos al fin al tema que quería comentarles: las casualidades.

Desde las famosas ventanas redondas los veo llegar.
Es más de medianoche. El silencio es profundo. La plaza parece un monte. Hay un murmullo quieto, una paz animal. Ellos caminan juntos, parapetados en un bullicio que los protege del mundo. El más grande tendrá 10 por más que aparente 13 o mas. Se pegan, se empujan, se insultan. Pero cada uno sabe que esa es su mejor y única manera de demostrar interés, cariño. Cargan con ropas, camas serán. El frío es bravo en el monte. No perdona. Ellos llegan a la plaza como si volvieran del trabajo y se quitaran la ropa de la jornada y se pusieran cómodos al fin. Desde mi ventana estoy a punto de sentirme intimidado, y hasta añadirle bronca por su impunidad de siempre para con las normas sociales que tanto nos gustan y que ellos desconocen, cuando algo que me descoloca.
Una (si, una chica) del grupo agarra su cama y la arroja sobre las rejas. El resto mira hasta que uno toma la iniciativa y salta para el lado del arenero. El resto, la chica, otra nena más y tres pibes, bien pibes, 6 o 7 años, lo siguen. Ágilmente se pasan del otro lado y para mi sorpresa (haciéndome notar cuando pelotudo puede volverse uno cuando la burguesía le termina ganando a la rebeldía) se tiran en la arena y comienzan a jugar como si fueran ahora lejos de todas la miradas, de los acechos, de los peligros, de los estúpidos, de los fachos, de los indiferentes, de los hijos de mil puta, por fin los chicos mas felices del mundo.